
Es ésta, por tanto, una de las sorpresas principales de este libro. Como muy bien señala el profesor Seifert, uno de los más acreditados exponentes de la fenomenología realista, hoy afincado en Granada como un humilde profesor de Seminario diocesano, si nos damos un paseo por las universidades europeas, nos toparemos con la ausencia, salvo notables excepciones, de filósofos que defiendan las pruebas de la existencia de Dios y no las traten como meros apuntes de la historia de la filosofía.
Si bien es cierto que el final de la metafísica parecía superado en los círculos de la filosofía analítica en tanto queontología y lenguaje, lo que no ha desaparecido es el prejuicio respecto a las pruebas de la existencia de Dios. Un abandono aparentemente contradictorio, ya que no se puede descartar la metafísica sin emitir juicios metafísicos. Lo que permanece y predomina es la desconfianza respecto a toda metafísica que apunte a la estructuración lógica de las razones argumentadas de la existencia de Dios, un Dios existente en sí mismo. Una evidencia de nuestra historia que, tal y como demuestra nuestro autor, tiene ineludibles consecuencias en la teología.
La propuesta de este libro se sintetiza, por tanto, en la recuperación de los caminos de conocimiento que santo Tomás de Aquino articuló de forma magistral, interpretados de forma novedosa, es decir, como respuesta a lo que la Historia ha añadido hasta el presente siglo. De ahí que nos encontremos con caminos personalistas para el conocimiento de Dios en el mundo. El autor mantiene la enumeración de las primeras tres vías de Tomás de Aquino, considerando la quinta vía como el cuarto camino, para añadir posteriormente dos propuestas de método del conocimiento de Dios de carácter personalista. El último capítulo es una atractiva reflexión sobre la prueba más profunda, el clásicamente denominado argumento ontológico, «coronación de todo conocimiento de Dios a través de los caminos de la razón».
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