
«El diálogo ecuménico llevado en clima de sinceridad y amor
es –como lo definió el papa Juan Pablo II– un intercambio de dones; no es un
proceso de empobrecimiento, sino de enriquecimiento mutuo y de crecimiento en la
fe». Desde la diferencia, se trata de encontrar ese patrimonio común. Llama así
la atención la continua referencia a Cristo y al Espíritu, que tiene más de
medio para alcanzar la unidad que de simple tópico. Así, se recogen en primer
lugar, en estas páginas, distintas intervenciones de un carácter más general: sobre
la «hermenéutica de la reforma» –en palabras de Benedicto XVI– aplicada a la
lectura de la declaración conciliar Unitatis
redintegratio, la situación actual del diálogo ecuménico , la esencia y la
finalidad de éste, así como la idea-guía de communio en el contexto ecuménico posconciliar, que ya había
desarrollado en otros escritos. Se aborda aquí, además, sin problemas, la
polémica suscitada por la coda eclesiológica recordada en la declaración Dominus
Iesus (2000). Alude de igual manera a cuestiones más concretas sobre el diálogo
ecuménico, como puede ser el concepto de «Iglesias hermanas», referido de modo
propio a las Iglesias ortodoxas, y a otras más específicamente teológicas, como
las semejanzas y diferencias de la doctrina pneumatológica en Oriente y
Occidente.
Ofrece en definitiva Kasper un cuadro de actualidad
ecuménica de notable interés. Respecto a las comunidades eclesiales surgidas a
partir de la Reforma, realiza un comentario de la «piedra miliar» –en palabras
de Juan Pablo II– que supone la Declaración conjunta católico-luterana sobre la
doctrina de la justificación, firmada en Augsburgo en 1999. Se trata, pues, de
un buen comienzo, que ha de llevarnos a unos y a otros a seguir dando pasos en
esta misma dirección, y a abordar tantos otros temas teológicos –eucaristía, ministerio,
Iglesia– con igual profundidad.
Otro aspecto que Kasper trata sin complejos y con cierto
espíritu innovador es el del primado de Pedro. Según el mismo Kasper afirma,
«mi esperanza consiste en que el ministerio de Pedro, al igual que en el primer
milenio, adopte una forma que se ejercite de modo distinto en Oriente y en Occidente,
pero que tanto en Oriente como en Occidente pueda ser reconocido en el marco de
una unidad en la diversidad y de una diversidad en la unidad». Esto lleva
consigo que se pueda pasar de un simple primado de honor a uno de verdadera jurisdicción,
con los matices anteriormente formulados.
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