
La literatura de tipo apologético —a diferencia de lo que
ocurre actualmente en Europa— se mantiene viva en los Estados Unidos de América
y ha venido creciendo en las últimas décadas tanto en el mundo católico como en
el protestante. Muchas veces este impulso ha provenido del trabajo de conversos
al catolicismo. Este trabajo de Scott Hahn es una buena muestra de ello. AI igual
que los antiguos Padres apologistas, inmersos en una cultura escéptica respecto
al cristianismo, también nosotros hoy —señala el autor— «vivimos en una cultura
que, a menudo, caricaturiza la fe como algo que no pasa de ser mera credulidad,
intolerancia y superstición. Hay mucha gente esperando que le demos una
explicación creíble de lo que creemos» (p. 23).
Este libro pretende despertar en el lector creyente un
interés permanente por comprender su fe y por ofrecer respuestas a quienes le
pidan razón de su esperanza (1 P 3,15). La defensa razonda de la fe ha de
partir de una demostración de la compatibilidad entre la razón humana y el
ppio. dogmático, apunta el profesor de Teología y Sagrada Escritura en la
Franciscan Universit de Steubenville (Ohio) y del Saint Vincent Seminary (Latrobe,
Pennsylvania.
El enfoque que Hahn elige para el planteamiento de lo que
denomina las razones reales de la fe cristiana, es nuevamente el de la teología
bíblica, planteada desde la perspectiva del Reino de Dios. Pero Hahn va más
allá y afirma que “un científico debe tener fe en los datos experimentales que
le ofrecen los otros científicos y en las instituciones que le patrocinan, así
como en los criterios según los cuales esos científicos recibieron sus títulos
o credenciales. Un científico debe tener fe en la autoridad y solvencia de la
revistas científicas, al igual que en los resultados de los diferentes estudios
que éstas publican”.
Cuando desde el campo científico se niega esta fe de la que
habla Hahn lo único que se consigue, afirma, es poner las más altas
aspiraciones del hombre al servicio de las tiranías más destructivas. Esa fe,
al estar bien edificada y fundada, posibilita que la ciencia avance rápidamente.
Para que esto llegue a producirse es necesario que creyentes y no creyentes acepten
cuatro dogmas básicos, cuatro "creencias" indemostrables pero en las
que creen hasta los escépticos más escépticos.
Creencia 1 - El principio de no-contradicción
Un objeto A no puede ser A y no-A al mismo tiempo y en el mismo
sentido. No podemos decir que cierto animal es un gato, pero que no lo es, si
estamos llamando "gato" a la misma cosa, usando la palabra en el
mismo sentido. O lo es, o no lo es. Caer en la contradicción, decimos, es un
disparate. Algunos filósofos antiguos (y algunos adolescentes modernos, algunos
de edad avanzada) aseguran que toda proposición es simultáneamente verdadera y
falsa. Pero Aristóteles observó que esos mismos filósofos no eran
coherentes con sus postulados teóricos y al rechazar esta ley estaban
sugiriendo, simultáneamente, su validez.
Creencia 2 - La general fiabilidad del sentido de percepción
Creemos (hasta el más escéptico de los escépticos, y sin
prueba alguna) que nuestros sentidos perciben la realidad tal y como es,
independientemente de nuestra percepción. Alguien puede decir que los sentidos
son poco fiables como ciertas ilusiones ópticas, pero éstas son ilusiones ficticias
precisamente porque algún otro sentido anula la percepción del sentido que nos
engaña, o nuestra razón descubre la causa de la ilusión. Por ejemplo, un lápiz
metido en un vaso de agua parece estar doblado pero nuestro sentido del tacto
nos dice que no lo está al recorrerlo con los dedos en toda su extensión.
Creencia 3 - El principio de causalidad
Los cristianos defienden el principio de causalidad, y los
científicos (incluso ateos) también, aunque no faltará el filósofo ateo que lo
niegue simplemente por llevarle la contraria a los filósofos cristianos.
Creencia 4 - La noción de autoconciencia
Es la que les indica a un racionalista y a un creyente que
existen. Puedo pensar que todo es una ilusión, pero todavía sigo estando
conmigo mismo: con el ente que está abrigando esa ilusión. La auto-conciencia
presume que hay un yo, independientemente de lo que pueda ser ese yo. Yo sé que
existo, incluso aunque pretenda no estar seguro de todo lo demás.
La fe y la razón, explica Hahn, son por tanto facultades
complementarias para llegar a la verdad de las cosas. Cuando una criatura o
máquina alada trata de volar con un ala, cae a tierra. De modo similar, cuando
los seres humanos tratamos de elevarnos sólo con una de esas dos facultades,
nos estrellamos. La postura católica da espacio por lo tanto a la fe (confianza)
y la razón como herramientas complementarias.
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