
Angelo
Giuseppe Roncalli, era el tercer hijo de los once que tuvieron Giambattista
Roncalli y Mariana Mazzola, campesinos de antiguas raíces católicas, y su
infancia transcurrió en una austera y honorable pobreza. Parece que fue un niño
a la vez taciturno y alegre, dado a la soledad y a la lectura. Cuando reveló
sus deseos de convertirse en sacerdote, su padre pensó muy atinadamente que
primero debía estudiar latín con el viejo cura del vecino pueblo de Cervico, y
allí lo envió.
Lo
cierto es que, más tarde, el latín del papa Roncalli nunca fue muy bueno; se
cuenta que, en una ocasión, mientras recomendaba el estudio del latín hablando
en esa misma lengua, se detuvo de pronto y prosiguió su charla en italiano, con
una sonrisa en los labios y aquella irónica candidez que le distinguía
rebosando por sus ojos.
Por
fin, a los once años ingresaba en el seminario de Bérgamo, famoso entonces por
la piedad de los sacerdotes que formaba más que por su brillantez. En esa época
comenzaría a escribir su Diario del alma, que continuó prácticamente sin
interrupciones durante toda su vida y que hoy es un testimonio insustituible y
fiel de sus desvelos, sus reflexiones y sus sentimientos.

El
futuro Juan XXIII celebró su primera misa en la basílica de San Pedro el 11 de
agosto de 1904, al día siguiente de ser ordenado sacerdote. Un año después,
tras graduarse como doctor en Teología, iba a conocer a alguien que dejaría en
él una profunda huella: monseñor Radini Tedeschi.
En
1952, Pío XII le nombró patriarca de Venecia. Al año siguiente, el
presidente de la República Francesa, Vicent Auriol, le entregaba la birreta
cardenalicia. Roncalli brillaba ya con luz propia entre los grandes mandatarios
de la Iglesia. Sin embargo, su elección como papa tras la muerte de Pío XII
sorprendió a propios y extraños. No sólo eso: desde los primeros días de su
pontificado, comenzó a comportarse como nadie esperaba, muy lejos del
envaramiento y la solemne actitud que había caracterizado a sus predecesores.
Para
empezar, adoptó el nombre de Juan XXIII, que además de parecer vulgar ante los
León, Benedicto o Pío, era el de un famoso antipapa de triste memoria. Luego,
abordó su tarea como si se tratase de un párroco de aldea, sin permitir que sus
cualidades humanas quedasen enterradas bajo el rígido protocolo, del que muchos
papas habían sido víctimas. Ni siquiera ocultó que era hombre que gozaba de la
vida, amante de la buena mesa, de las charlas interminables, de la amistad y de
las gentes del pueblo.
Como
pontífice dio un nuevo planteamiento al ecumenismo católico con el Secretariado
para la Unidad de los Cristianos y el acogimiento en Roma de los supremos
jerarcas de cuatro Iglesias protestantes. Su pontificado abrió nuevas
perspectivas a la vida de la Iglesia y, aunque no se dieron cambios radicales
en la estructura eclesiástica, promovió una renovación profunda de las ideas y
las actitudes.
Trascribo
a continuación un breve relato del Concilio que nos muestra Hebblethwaite:
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