
En esta obra el autor comienza presentándonos
quienes son, como se les ha denominado, cual es su importancia en el camino
eclesial. Pero lo más importante como nos señala es que cada uno de ellos
aporta a la tradición de un modo creativo, es decir, ofreciendo vida y por
tanto dando claridad la verdad apostólica de la que ellos son transmisores.
Tras esta breve introducción, pasa el autor directamente a presentarnos a los
Padres, en primer lugar a Clemente que tras la persecución de Nerón sufre la
Iglesia un momento de rebeldía contra la jerarquía. Y será precisamente la
Carta de Clemente la que mostrará a Clemente como el sucesor de Pedro,
señalando que lo más importante es que la Iglesia no son comunidades
individuales sino que todas deben estar interrelacionadas y una única cabeza
sucesora de los apóstoles que tiene jeraarquía sobre ella.
En segundo lugar nos habla de la Didache: es uno de
los escritos más venerables que nos ha legado la antigüedad cristiana. Baste
decir que su composición se data en torno al año 70; casi contemporáneamente,
por tanto, a algunos libros del Nuevo Testamento. Aletea en su contenido la
vida de la primitiva cristiandad. A través de formulaciones claras, asequibles
tanto a mentes cultas como a inteligencias menos ilustradas, se enumeran normas
morales, litúrgicas y disciplinares que han de guiar la conducta, la oración,
la vida de los cristianos. Se trata de un documento catequético, breve,
destinado probablemente a dar la primera instrucción a los neófitos o a los
catecúmenos.
El siguiente Padre es Ignacio, uno de los Padres
Apostólicos por su cercanía cronológica con el tiempo de los apóstoles. Es
autor de siete cartas que redactó en el transcurso de unas pocas
semanas, mientras era conducido desde Siria a Roma para ser
ejecutado.
Tras Ignacio habla de Policarpo, quien fue obispo de
la ciudad de Esmirna, siendo presuntamente consagrado por San Juan. Existen
pocos datos acerca de su vida, aunque se sabe por una relación posterior,
acerca de su muerte en la hoguera que es considerada ejemplo evangelizador de
los primeros cristianos. Fue quemado en el año 155 de la era
cristiana, durante el gobierno del emperador Antonino Pío.
Fue cercano y mantuvo contactos con otros padres
apostólicos como Ireneo de Lyon (quien fue su discípulo) e Ignacio
de Antioquía, que le solicitó camino a su muerte que escribiera a su comunidad
en Asia Menor. El texto que escribió a la comunidad filipense tiene
más bien poca densidad teológica en comparación con las cartas de Clemente e
Ignacio.
El autor va desgranando autores y momentos
importantes de la Iglesia como Justino y el diálogo de la fe con la filosofía,
Clemente, Orígenes, Cipriano y su implicación en la unidad de la Iglesia.
Tras el Concilio de Nicea primer Concilio Ecuménico el autor nos habla de
Ambrosio de Milán gran luchador contra la herejía arriana. A la cual venció no
sólo con su docta ciencia sino sobre todo con el ejemplo de entrega como Pastor
hacia su pueblo, estando siempre a su disposición. Cabe destacar como herencia
de Ambrosio sus escritos en la noción de la Iglesia y del Estado y la relación
entre ambas instituciones. Como no podía ser de otra manera nos habla de
Agustín, al cual el autor llama el hijo de Ambrosio que fue movido a la
conversión gracias a escuchar al Obispo de Milán en sus predicaciones y se
trata de uno de los Padres más citados y estudiados en la historia.
Continua el autor con San Juan Crisóstomo, Jerónimo, León y concluye con
Gregorio Magno, en la época final de la decadencia del imperio que sin embargo
se encuentra con el esplendor de los pensadores en el mundo eclesial. Concluye
el autor en el último capítulo recordando que el periodo de tiempo que ha
abarcado es de quinientos años, con personas que pertenecían a todas las
regiones del mundo civilizado y de todos los estratos de la Iglesia, laicos,
clérigos, monjes. Con mayor o menor formación.
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